Casi la mitad del corazón humano se regenera durante la vida de su portador. Es decir, el 40% de las células del músculo cardiaco de un anciano son distintas de las que él mismo tenía de niño.
El corazón puede regenerarse, sólo hay que aprender a utilizar esta capacidad natural para repararlo cuando se estropea. Pero poner en práctica esta idea es endiabladamente complejo. Desde hace una década se han realizado ensayos con células madre en 3.000 enfermos y los resultados son prometedores. Ahora los cardiólogos discuten si ha llegado la hora de hacer un gran ensayo para evaluar la terapia celular. Si funciona, puede ser un tratamiento complementario para el infarto.
Casi la mitad del corazón humano se regenera durante la vida de su portador. Es decir, el 40% de las células del músculo cardiaco de un anciano son distintas de las que él mismo tenía de niño, porque estas células, los cardiomiocitos, se han ido renovando sin prisa pero sin pausa a un ritmo de entre el 1% anual a los 25 años y el 0,45% anual a los 75 años. Los cardiólogos ya recopilaron en la última década pruebas sólidas de que esto ocurre, pero la confirmación ha llegado ahora, apenas el mes pasado, gracias a una idea que Andreas Zeiher, de la Universidad de Francfort (Alemania), calificó de 'genial' en el 6º Congreso Internacional sobre Células Madre y Cardiología celebrado recientemente en Madrid.
La historia del hallazgo, publicado en Science (3 de abril), es bonita: los ensayos nucleares de mediados del siglo XX contaminaron la atmósfera tanto que la cantidad del isótopo radiactivo carbono 14, presente en las células de todo ser vivo, aumentó de modo significativo; este isótopo decae a un ritmo constante, con lo que investigadores del Instituto Karolinska en Estocolmo (Suecia) advirtieron que si lo medían en el corazón de personas fallecidas a distintas edades, podrían hallar la tasa de regeneración de las células cardiacas. 'Ya no queda ninguna duda', dice Zeiher. 'Ahora nos toca a nosotros descubrir qué mecanismo podemos usar para mantener y reforzar este proceso en el corazón. Una de las formas es la terapia celular con células madre'.
Un campo en ebullición El infarto de miocardio, por ejemplo: 'Desde el punto de vista clínico, lo importante es que la zona infartada sea lo más pequeña posible, que no siga degenerando hasta dar lugar al fallo cardiaco', explica Fernández Avilés. Para el centenar de cardiólogos de todo el mundo que asistieron al congreso en Madrid, esta estrategia es esperanzadora. No como alternativa a los tratamientos convencionales, sino para complementarlos. Los debates se centraron en hasta dónde se ha avanzado y cuál debe ser el próximo paso. El resumen es: se trata de un campo 'en ebullición' -en palabras de Magdi Yacoub, del Imperial College de Londres- que puede acabar siendo revolucionario, pero queda mucho camino por recorrer.
Es un área 'increíblemente compleja, más de lo que esperábamos', dice Bernard Gersh, de la Clínica Mayo (Rochester, EE UU). 'Y cuanto más sabemos de células madre, más complejo es lo que vemos. Pero es verdad que es una línea emocionante que está aquí para quedarse. No habrá una cura mañana, puede que tardemos 5 o 10 años en tener resultados aplicables a la clínica, pero se está haciendo un esfuerzo enorme'. Su veredicto sobre el futuro de la terapia con células madre: 'Cautamente optimista'.
Los ensayos de terapia celular en humanos empezaron hace algo menos de una década. Consisten, en general, en trasplantar células madre al paciente, hacer que lleguen a la zona dañada (no siempre se implantan directamente en ella) y estudiar después lo que ocurre en el corazón. Precisamente, la sofisticación de las técnicas de imagen para esto último, cada vez mayor, fue lo que destacó en el congreso Valentín Fuster, del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, en Madrid, y del hospital Monte Sinaí, en Nueva York.
Hasta ahora han participado en ensayos de terapia celular en cardiología unos 3.000 pacientes y lo cierto es que no se han obtenido aún resultados contundentes. Los estudios han sido demasiado pequeños y distintos entre sí. Pero sí se vislumbran dos resultados positivos. El primero es que la terapia celular, al menos en las formas ensayadas hasta ahora, no es nociva. El segundo, que sus efectos en el infarto agudo de miocardio son 'modestos pero significativos', explica Fernández Avilés. En patología crónica aún no hay conclusiones.
Ahora la gran pregunta es: ¿se debe pasar ya a un ensayo grande, estandarizado, que permita decidir sobre la aplicabilidad o no en la clínica de esta terapia en el infarto agudo de miocardio? No hubo unanimidad en el congreso de Madrid.
Pero otros, como Gersh y Yacoub, prefieren esperar algunos años antes de un ensayo así. Hay aún demasiadas preguntas pendientes. Por ejemplo, ¿qué tipo de células madre usar? En principio, hay bastante donde elegir: células madre de la médula ósea del propio paciente o de donante; células madre de la sangre, del propio corazón, de la grasa; células madre embrionarias e incluso células adultas, ya especializadas, que han sido reprogramadas para devolverles de nuevo la capacidad de diferenciarse en cualquier tipo de célula.
Opciones emocionantes Yacoub afirma: 'Estamos en un momento muy interesante, pero aún hay que escoger el tipo adecuado de célula entre un montón de opciones emocionantes. Si haces un gran ensayo apostando sólo por la opción que consideras más segura y al final no funciona, puedes parar el avance de un campo muy prometedor. A veces la opción más segura no es la mejor. Nuestro objetivo ahora ya no es sólo no hacer daño, sino encontrar un beneficio. Es un desafío al que hay que enfrentarse y para eso debemos buscar el tipo correcto de célula y estandarizarla'. En su opinión, las células madre residentes en el propio corazón, las responsables de la regeneración de los cardiomiocitos, son 'una de las mejores opciones'.
Gersh expuso una lista de otras cuestiones (además de la del tipo de células) sobre las que habría que llegar a un consenso: número de células madre que transplantar, momento más adecuado para hacerlo (los ensayos oscilan entre pocas horas tras el infarto y varios días), dónde y con qué técnica debe hacerse el trasplante, cómo retener las células en el lugar deseado y lograr que sobrevivan, cuál es el mejor método para preparar y almacenar las células, y la seguridad a largo plazo.
'Hasta ahora todo parece seguro', dice Gersh, 'pero cuando hayamos logrado que sobrevivan muchas más células, ¿seguirán siendo seguras? Y si usamos células de la médula de pacientes ya enfermos, ¿estamos trasplantando células enfermas? Tal vez los mismos efectos ambientales que han causado la enfermedad han afectado a las células madre. Quisiera ver más ensayos pequeños enfocados a analizar estas cuestiones. Un gran ensayo ahora sería un error'. Doris Taylor, del Instituto de Células Madre de la Universidad de Minesota (EE UU), también recordó: 'Mis preguntas en 2003, 2004, 2005, 2006... son las mismas que ahora. Creo que aún no sabemos qué tipo de ensayo a gran escala hacer'.
Sí hay coincidencia, en cambio, en mantener la cuestión de qué hacen las células madre una vez trasplantadas. Una cosa es buscar su efecto clínico, de forma prioritaria, y otra entender el porqué de ese efecto. Pero antes o después ambas líneas de trabajo tendrán que confluir. '¿Qué hacen las células una vez transferidas? ¡Ah! Aún no lo sabemos, pero es muy interesante', responde Gersh. 'Podría cambiar nuestro punto de vista sobre la terapia. Por ejemplo ahora creemos que el efecto podría no estar relacionado con las células en sí, con su presencia. Creemos que poco después de ser transferidas ellas ya no están y si hay un beneficio debe de estar relacionado con alguna proteína que producen o con el lugar donde las cultivan... Aclarar eso cambiaría mucho la perspectiva'.
El mismo afán de recordar la importancia de 'lo básico' está en la insistencia de Fuster en investigar más la formación del corazón en fase embrionaria. Un interés que comparte Yacoub, que recomienda por ello no abandonar la investigación en células madre embrionarias por muchas alternativas que haya: 'Son el estándar, lo real, lo que hace que el embrión acabe teniendo un corazón. Su estudio nos da muchísima información. Si logramos entender la elegancia de formar un corazón, podremos preguntarnos: ¿puedo yo copiar eso?'.
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Informe: Mónica Salomone - El País Internacional, especial para diario UNO
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