jueves, 26 de junio de 2008

Las llaves del apetito


¿Por qué a diferentes horas del día se nos abre el apetito? Durante las últimas décadas, los investigadores han averiguado que cuando se despierta el hambre se activan mecanismos moleculares y zonas del cerebro que podrían convertirse en dianas terapéuticas para combatir la gran epidemia del siglo XXI, la obesidad, y otras patologías alimentarias como la anorexia y la bulimia. Estudios sobre la ghrelina, hormona que produce el sistema digestivo, y el córtex frontal presentan nuevas opciones.

Comer o no comer? Tras el impulso que nos hace llevarnos un alimento a la boca se encuentra una compleja maquinaria. Por un lado, nuestras necesidades energéticas. Por otro, el placer que nos produce consumir ciertos alimentos, en ocasiones sin control. Los hábitos alimentarios tienen un importante componente psicosocial, pero también biológico. Y es que las neuronas también ayudan a abrir el apetito.

Cuando el cuerpo pide comida, una serie de hormonas y neurotransmisores funcionan como señales químicas que hacen que nuestro sistema nervioso central (SNC) nos haga percibir una sensación de hambre o de saciedad. Las que mejor se conocen son la leptina y la ghrelina; esta última la más prometedora como diana terapéutica para poder tratar la obesidad. Más allá de las necesidades orgánicas, los neurólogos también estudian la implicación de otras zonas del cerebro que se encargan de la capacidad de autocontrol ante un manjar. El problema viene cuando se rompe el equilibrio entre necesidades energéticas e ingesta, y se toman más calorías de las que se gastan. ¿Qué hace que no se pueda controlar el apetito? ¿Qué partes del cerebro intervienen?

La ghrelina

El tracto intestinal es el primer lugar donde nuestro organismo nota si hemos ingerido comida o no. Ahí se producen muchas hormonas, entre ellas la ghrelina, que actúa sobre una zona del encéfalo, el hipotálamo, que se encarga de la regulación homeostática, es decir, del conjunto de mecanismos que mantienen un equilibrio energético entre lo que se come y lo que el organismo consume. 'Esta hormona es la que tiene mayor poder para estimular nuestra sensación de hambre', afirma Carlos Diéguez, catedrático de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela, que lleva años investigando sobre ella.

'Cuando aumentan sus niveles, a través de la sangre alcanza el cerebro, en concreto el hipotálamo, que se encarga de despertar en nosotros la necesidad de comer. Cuando comemos, las células del estómago dejan de producir la ghrelina, con lo que bajan los niveles, el hipotálamo deja de estar estimulado y nos sentimos saciados', explica.
Los niveles de esta hormona necesitan entre 15 y 20 minutos para bajar. Así pues, si comemos rápido, comemos mucho, más de la cuenta, porque no da tiempo a que se produzca este descenso. 'Por eso es importante comer lentamente', puntualiza Diéguez. Del mismo modo, si se piden dos platos en el restaurante y entre el primero y el segundo pasa mucho tiempo el hambre desaparece.

La ghrelina es un blanco terapéutico muy atractivo para tratar la obesidad. A través de experimentos con ratones se sabe que en el hipotálamo estimula la secreción de una serie de neuropéptidos. Pero la clave podría estar en su acción sobre una enzima, la CPT1, que Carlos Diéguez y Miguel López, también investigador del Programa Ramón y Cajal de la Universidad de Santiago de Compostela, acaban de descubrir en una investigación junto con Antonio Vidal-Puig de la Universidad de Cambridge. 'Regula el metabolismo lipídico en el aspecto neuronal, actuando sobre la disponibilidad y oxidación de los ácidos grasos en las neuronas', explican Diéguez y López. 'Si la bloqueamos, la ghrelina deja de producir la estimulación de la ingesta, lo que indica que puede ser una diana terapéutica adecuada', concluyen.

La fuerza de la voluntad

'Los estudios sobre reguladores hormonales sólo aportan una parte de la historia', afirma Miguel Alonso-Alonso, investigador del Centro Berenson-Allen de Estimulación Cerebral no Invasiva de la Universidad de Harvard. 'Son estudios con animales. En humanos la ingesta ha evolucionado desde lo básico, la supervivencia, hacia una conducta muy sofisticada que incorpora aspectos abstractos y simbólicos, como las influencias socioculturales. Todo esto también tiene una base biológica en el cerebro', explica.

Además de la regulación homeostática, el neurólogo añade dos piezas más al puzzle cerebral que hay tras el apetito. Las áreas límbicas, donde se encuentran los circuitos del placer y recompensa, que se rigen por aspectos más emocionales e impulsivos. Y el córtex prefrontal, encargado de modular las emociones y los instintos, y evaluar las consecuencias futuras de una acción. En definitiva, la zona del cerebro más reflexiva, la que hace que el individuo controle su voluntad y no se lance impulsivamente ante un alimento.

¿Podría alguna disfunción en el córtex prefrontal favorecer la obesidad? Algunos individuos con daños en esta zona del cerebro manifiestan problemas de ingesta compulsiva. Por ejemplo, a mediados del siglo XX se practicaba la lobotomía a pacientes psiquiátricos. Uno de los efectos secundarios de la intervención era la ingesta compulsiva y, como consecuencia, la obesidad. 'Al producirse una desconexión entre el córtex prefrontal y las áreas límbicas, la ingesta humana se vuelve más automática y menos reflexiva', explica Alonso.

En el centro Berenson-Allen de la Universidad de Harvard, Alonso y Álvaro Pascual-Leone están realizando varios estudios para ver si la estimulación cerebral no invasiva puede corregir trastornos alimentarios. Se trata de aplicar una serie de corrientes eléctricas de forma muy precisa. 'Con esta técnica se busca estimular los circuitos cerebrales relacionados con el sistema más reflexivo. Hemos visto que promoviendo la activación del córtex prefrontal derecho disminuye el consumo de comida, aunque aún son datos preliminares', explica Alonso. 'En un futuro, para combatir la obesidad probablemente será necesario un modelo que integre psicología, endocrinología y neurología', concluye. (Mónica Ferrado / Redacción El País)

No hay comentarios: